Virginia Woolf (1882-1941) fue una gran novelista con prosa de gran calidad poética y también nos legó dos magníficos ensayos feministas: Una habitación propia y Tres guineas, ambos de lectura ineludible. El primero, alude a la necesidad de tener tiempo, respeto y espacios propios para el pensamiento y la creación. El segundo, es un breve pero profundo análisis sobre la disyuntiva de las mujeres en un siglo que vivía la segunda de las dos guerras mundiales que tuvieron lugar en él: integrarse plenamente en la sociedad y la civilización existentes o marginarse porque conducen a los conflictos bélicos.
Tres guineas, obra comenzada en 1932 y publicada en 1938, es decir, casi 10 años después de Un cuarto propio, es un ensayo estructurado en torno a la pregunta de un abogado londinense: "¿Cómo podemos evitar la guerra?", y a la petición de este mismo abogado de una contribución económica para una asociación en pro de la libertad intelectual y contra la guerra de la que era tesorero honorífico. Al adoptar forma epistolar, la obra pone al lector/a en una posición activa. Como interlocutoras directas de la autora, nos obliga a reflexionar con ella y a responder a las preguntas que ésta formula.
¿Automarginación o asimilación?, ¿igualdad o diferencia?, ¿dualismo diferencialista o incorporación crítica? ¿Cuál es la actitud correcta de las pensadoras y, en general, de toda mujer contemporánea? Por no estar atada a ninguna ortodoxia prefijada, Tres guineas explora múltiples direcciones de pensamiento, invitando a que reflexionemos sin dogmas. El lado oscuro de esta fértil multiplicidad podría ser el peligro de la incoherencia. Pero, dada la índole fundamentalmente literaria del quehacer de Woolf _auténtica prosa poética_, debe concedérsele la licencia poética de apuntar a la totalidad sin una resolución sistemática de sus contradicciones ni un programa orientado a la eficacia. La extraordinaria fuerza de las imágenes del patriarcado ofrecidas por V. Woolf en Tres guineas me hace pensar en el poeta vidente de Rimbaud, mirada alucinada pero certera sobre la realidad.
La libertad del arte, tan reivindicada por el círculo de Bloomsbury al que Woolf perteneciera, da en Tres guineas sus frutos conceptuales en una pluralidad de caminos para la reflexión de los que yo destacaría lo siguiente: las mujeres no somos lo Otro de la Razón y de la Cultura pero éstas han de ser reexaminadas para purificarlas del sesgo masculino resultante de una larga historia de exclusión. La imagen que Woolf da de la sociedad patriarcal contemporánea se presenta ante nuestra conciencia como la invitación ineludible a una reflexión que, aunque opte por la incorporación al mundo de lo público, no pierda la oportunidad de realizar una aportación transformadora, lo cual, a mi juicio, implica el doble movimiento de reivindicar derechos y acceso a bienes y oportunidades y, al mismo tiempo, examinar, críticar y redefinir selectivamente, conceptos e instituciones descubriendo su sesgo androcéntrico gracias a una lente feminista inmune al conformismo, una lente como la de Virginia Woolf con su pregunta acerca de cómo podemos construir otra sociedad y evitar la guerra.
Puesto que soy fiel a la idea de que una de las asignaturas pendientes de la igualdad es el reconocimiento de las mujeres en todos los ámbitos y que en el terreno intelectual el déficit en este reconocimiento es aún muy fuerte, me parece interesante recordar a una discípula crítica del naturalista inglés Charles Darwin. Pensadora, sufragista y reformadora social, Antoinette Brown Blackwell (1825-1921) escribió: "Había muchos hombres
furiosos que se enfrentaron a mí y yo podía ver el destello de sus ojos
desafiantes, pero por encima de mí y dentro de mí, había un espíritu más
fuerte que todos ellos".
A. Brown Blackwell estudió Literatura
y Teología y después de algunos años de ser predicadora itinerante, en
1853 se convirtió en la primera mujer en ser ordenada ministra de la
iglesia protestante en Estados Unidos.
Admiradora del autor de El origen de las especies, en 1869, le envió un ejemplar de su primera obra: Estudios de Ciencias Generales (Studies in General Science); libro que le agradeció Darwin con una carta en la que el encabezado ("Dear Sir") deja suponer que creyó que el autor era un hombre.
Cuatro años después de que Darwin publicara El origen del hombre y la selección en relación al sexo (1871), Antoinette Brown Blackwell escribe Los sexos en la naturaleza (The Sexes Throughout Nature) obra en la que asume la teoría de Darwin pero señala la necesidad de aplicar la hipótesis de la selección natural también a las mujeres. Brown Blackwell argumentaba, con toda lógica, que si la evolución se produce por la competencia e interacción entre individuos, entonces su estudio no debía reducirse a los machos de la especie, dando por supuesto que el papel de las hembras era totalmente pasivo y ajeno a las dinámicas de transformación natural. Pero disculpaba al maestro, sosteniendo que la enormidad de la tarea emprendida le habría impedido atender a este aspecto.
La aportación que esta autora hizo a la teoría de la evolución al señalar lo que llamaríamos hoy "sesgo de género" o "sesgo patriarcal" fue recogida y desarrollada por la sociobióloga Sarah Blaffer a finales del siglo XX. Blackwell y Blaffer mostraron que el feminismo era compatible con las ciencias naturales, a pesar de que éstas hayan sido utilizadas en tantas ocasiones para justificar jerarquías de sexo y raza.
La falta de un reconocimiento pleno de la individualidad funciona en perversa relación de retroalimentación como causa y efecto de numerosos aspectos negativos de la situación actual de las mujeres. Estos aspectos incluyen, entre otros, tanto el techo de cristal (desestimar y desaprovechar la excelencia profesional por atender al estatus de género) como las diversas formas de violencia contra las mujeres. Incluso en las sociedades del Norte global, el déficit de reconocimiento de la individualidad y de la autonomía de las mujeres es la clave explicativa de numerosos asesinatos, violaciones, amenazas y agresiones. Estas violencias son multicausales y se dan en contextos sociales patriarcales caracterizados por la desigualdad entre varones y mujeres (3).
La cosificación es el primer paso hacia la dominación, la explotación y la violencia extrema. Viendo esta correlación en sentido inverso, puede decirse que cuando existen intensos procesos de explotación y dominación, se ponen en marcha mecanismos legitimantes de cosificación (4). Nos queda mucho camino por recorrer para que la violencia patriarcal sea un mero recuerdo de épocas pasadas; así es que debemos desear: ¡larga vida al feminismo!
La imagen corresponde a una de las ilustraciones de la artista Verónica Perales para el libro Ser feministas. Pensamiento y acción (Colección Feminismos, Cátedra, Madrid, 2020)
1. Roldán, Concha "El reino de los fines y su gineceo: las limitaciones del universalismo kantiano a la luz de sus concepciones antropológicas", en Aramayo, Roberto, Muguerza, Javier, Valdecantos, Antonio (compiladores), El individuo y la historia. Antinomias de la herencia moderna, ed. Paidós, Barcelona, 1995.
2. Amorós, Cèlia. "Espacio de los iguales, espacio de las idénticas. Notas sobre poder y principio de individuación". en Arbor nº 503-4 (1987), pp.113-127.
3. Bosh, Esperanza, Ferrer, Victoria, "Violencia contra las mujeres", en Puleo, Alicia, Ser feministas. Pensamiento y acción, Colección Feminismos, Cátedra, Madrid, 2020, pp. 257-260.
3. Puleo, Alicia, “Ese oscuro objeto del deseo: cuerpo y violencia”, Investigaciones feministas, vol. 6 (2015), pp. 122-138. Puede consultarse online.
De los cinco sentidos que poseemos (vista, gusto, oído, tacto y olfato), el menos apreciado suele ser el olfato. Mucho se ha especulado sobre el bajo rango otorgado a esta capacidad. Se ha dicho que es la que más nos recuerda nuestros humildes orígenes filogenéticos. Me pregunto si el orgullo antropocéntrico teme quizás reconocer que hubo una época en que nuestra especie se dejaba guiar más por la nariz que por imágenes e ideas. Por lo general, un olfato muy aguzado no despierta admiración. Los aromas más exquisitos son el objeto de la perfumería sofisticada pero las esencias obtenidas no logran competir con las obras de arte que se ofrecen a la vista y al oído. En términos kantianos, podríamos decir que pueden alcanzar lo bello pero no lo sublime. Sólo la evocación de la infancia ha conseguido hacer célebre la magdalena de Proust. Hasta el apéndice nasal parece carecer de la dignidad que la representación artística y nuestro imaginario atribuyen a los ojos, las manos o la boca. Por todo ello, lanzarse a escribir una novela sobre una niña que sufre anosmia, es decir, que es incapaz de reconocer los olores y trata de imaginar el mundo de los otros, de los normales, de los olfativos, es todo un reto. La profesora de Filosofía de la Universidad de Barcelona, Marta Tafalla, ha llevado a buen puerto esta aventura desde su experiencia personal de formar parte del 2 % de la población que sufría ese extraño problema sensorial antes de la epidemia de COVID19. Ahora, ese porcentaje ha de ser seguramente mayor.
Nunca sabrás a qué huele Bagdad (Col. Gabriel Ferrater, Servei de Publicacions, Universidad Autónoma de Barcelona, 2010) es una obra original, fresca, cercana y, al mismo tiempo, profunda. Nos lanza reflexiones existenciales que, en boca de una niña, se tornan transparentes, accesibles, sentidas. Ya había observado Jaspers que en la niñez pasamos por un período de sorpresa filosófica ante el mundo, un período reflexivo que, después, la mayor parte de la gente olvida, terminando por aceptar la realidad sin cuestionarla ni explorarla más allá de los tópicos. El libro de Marta Tafalla no está dirigido a un público infantil ni infantilizado. Por el contrario, en el panorama prolífico pero, en el fondo, desértico, de la literatura actual, su novela destaca por ser literatura auténtica, narrativa poética, como se desprende de este fragmento en el que la protagonista explica cómo imagina el mundo que los otros perciben y ella no: “desde aquel invierno de mis once años, siempre me represento los olores de la misma manera. Imagino que las cosas no se acaban en la forma que las define ni en el espacio que ocupan. De todas ellas, ya sean minerales, plantas, animales, personas, objetos, lugares, de todas ellas emergen finas cintas de colores que ondean suavemente en el aire, de millones de tonalidades e intensidades diferentes. Son como adornos navideños, o como guirnaldas en las verbenas, o como los lazos en el cabello de Irene. Se desprenden de todo cuanto existe como humo de colores, cintas que bailotean en el aire. Y transportan las cosas mucho más allá de sí mismas (…) Estos lazos que emanan de todas las cosas para atar a las personas son la raíces invisibles de la vida misma”.
Con ingenio e imaginación, la escritora narra un amor de niñez que se abre finalmente al mundo convulso de las lejanas guerras contemporáneas. La magia de la vida cotidiana y de los juegos de infancia se mezcla con el humor y con una reflexión filosófica clara y tonificante sobre nuestras formas de conocer, amar y valorar. Todo ello unido por el hilo argumental que nos lleva a querer saber cuál será el final de la aventura de una niña que, viviendo aún esa peculiar mezcla de sueño y realidad que es la infancia, se adentra en territorios peligrosos para buscar un aroma que le ha sido negado percibir y termina descubriendo… No, no diré lo que descubre porque vale la pena que recorráis el camino de esta novela que nunca os llevará por lugares comunes. Siempre he pensado que la verdadera literatura es aquella que nos permite experimentar el mundo bajo nuevas perspectivas, con cristales refractantes sorprendentes, y que, al mismo tiempo conserva la seducción de la narrativa que nos mantiene en vilo en mundos paralelos.
Nota: Marta Tafalla es autora, entre otros libros, del excelente ensayo Ecoanimal. Una estética plurisensorial, ecologista y animalista.
La historia es sencilla pero logra su objetivo: convertirse en una transparente metáfora de la inacción suicida frente a la emergencia climática. Dos astrónomos (personajes interpretados por Leonardo DiCaprio y Jennifer Lawrence) descubren que un cometa va a impactar en la Tierra y devastarla completamente. Quedan seis meses para tratar de evitarlo. Intentarán alertar al establishment político, a los medios de comunicación, a la gente de la calle. La pintura de la sociedad en que vivimos es aguda y provoca en muchos momentos la risa.
Reír por no llorar, nunca mejor dicho... En ese sentido, tiene un antecedente cinematográfico, la comedia de ciencia ficción Idiocracia (EE.UU, 2006) que con trazos, geniales en ciertos momentos, en otros burdos, presentaba una clara denuncia del rumbo al que predestinaba el éxito de la tele basura: la pérdida total de la inteligencia y la involución de la humanidad en un hilarante futuro distópico.
Como no puedo ni quiero quitarme las "gafas moradas" cuando veo cine o series, tengo que decir que tanto Idiocracia como Don't look up señalan la sexualización y devaluación que sufren las mujeres en este mundo fake, pero no logran escapar del todo a los estereotipos. Así, por ejemplo, el final post-créditos de Don't look up me ha dejado la sensación de una tonalidad sexista inconsciente habitual en el género humorístico. Por no hacer spoiler, sólo añadiré que quizás la justicia narrativa tenía que haber caído también en otro culpable.
En todo caso ¡y no es poca cosa! entre risa y risa, Don't look up hace un diagnóstico certero de quién detenta el poder real, de hasta qué punto reinan la corrupción, la mentira, la banalización, el ocultamiento generalizado, la masificación, el control encubierto, la falta de pensamiento crítico y la inmerecida confianza en unas élites tecnocráticas de las grandes corporaciones que ofrecen soluciones dictadas por la codicia sin límites. Como en Un mundo feliz, la célebre novela de Aldous Huxley, esta película muestra una sociedad donde la propaganda elimina la capacidad de pensar y reaccionar ante la dominación. La orden es no mirar la realidad sino, como en la caverna platónica, mantenerse felices viendo sólo sombras engañosas, proyectadas ahora, en una pantalla. Lógicamente, a pesar del tono propio de la comedia, se trasluce cierta melancolía en las imágenes de la belleza natural y la inocencia condenadas; y en un homenaje a la dignidad de quienes se han esforzado por salvarlas.
En el pasado, los bufones podían eludir la censura, permitirse decir muchas verdades que otros no podían expresar tan francamente. Retomo mi pregunta inicial: ¿será esta película capaz de despertar conciencias dormidas y desactivar el mandato de no mirar hacia arriba?
(El tráiler de presentación aquí)